INCENDIOS Y POLÍTICA

España es un país con, lamentablemente, una gran experiencia de incendios forestales. Todo el mundo sabe que una chispita puede dar lugar a una gran catástrofe si cae en un lugar especialmente sensible, por su naturaleza o por el descuido y degradación.

Los expertos saben muy bien que lo mejor es la prevención y el cuidado: No producir chispas y tener todo el terreno sensible, lo suficientemente cuidado para que de comenzar el fuego no se pueda propagar.

Una vez que el incendio toma cierta dimensión ya no hay casi nada que hacer, salvo “perimetrar” y esperar que sea suficiente. Mientras, irremediablemente,las llamas irán consumiendo o arruinando toda forma de vida en su interior.

Al comienzo, con una manta o un extintor puede bastar. Una vez llegado a la dimensión crítica, ni un ejército de hidroaviones pueden hacer algo más que controlar que se propague lo menos posible, asumir pérdidas y lamentarse por no haber prevenido o actuado a tiempo.

Existe un “bosque humano”, un bosque en el que cada persona tiene su opinión y en el que los cerebros deberían funcionar de manera racional, pero… que en muchas ocasiones no lo hacen.

Por alguna razón que no quiero analizar y que se sale del ámbito de estas reflexiones, los poderes que nos gobiernan han ido procurando que la emocionalidad impere sobre la racionalidad. ¡Ni siquiera quedan ya en el curriculum educativo básico asignaturas que enseñen a pensar!

La sorprendente “Era de la postverdad” (o sea, de la mentira altison

ante y “creíble”) nos ha invadido. Ya no hace falta que nada sea cierto, sólo debe “sonar bien” y expresarse con la suficiente convicción. El “calumniar con audacia, siempre queda algo” de Francis Bacon, se ha hecho doctrina y alimenta incesantemente las redes y los medios de comunicación. En la práctica política, cualquier mínima sospecha pasa a difundirse como hecho cierto. La labor de la justicia ya no importa, La Ley de Lynch impera en el ámbito moral.

No sólo no nos enseñan lo importante, sino que desde todos los medios, el marketing y la política nos despersonaliza y maneja a su antojo. Poco a poco, la persona inadvertidamente se va convirtiendo en rebaño y, de ahí, una vez que el terreno ha sido convenientemente abonado, en “masa” que seguirá ciegamente cualquier directriz.

Más allá de cualquier ideología política, me viene preocupando desde hace bastante tiempo, tanto a nivel central como en determinadas autonomías, pero, últimamente, empieza a tomar proporciones alarmantes.

Particularmente, en un mundo globalizado, me da igual que determinados ciudadanos vivan bajo una u otra bandera, pero miro la historia y tiemblo. La veo plagada de “chispazos” que se dejaron crecer esperando que “la cosa se calmase”, y terminaron en trágicas catástrofes.

“La masa” una vez lanzada, ya no piensa.

Cementerios, campos y cunetas contienen las tumbas anónimas de aquellos que murieron por “defender” las ideas de aquellos cuyas estatuas adornan plazas y jardines.

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